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15 feb 2018

«En el mar» de Guy de Maupassant



Escritor francés, Henry Réne Guy de Maupassant nació en Dieppe, Francia, el 5 de agosto de 1850 y falleció en París el 6 de julio de 1893. Se formó literariamente con el escritor Gustave Flaubert y participó desde joven en su círculo literario. Se especializó en la narrativa breve, llegando a publicar más de doscientos cuentos a lo largo de su vida, de entre los cuales destacan Bola de sebo y El Horla. También escribió seis novelas cortas. Encuadrado en el naturalismo, su estilo es sencillo y realista, y transmite lo más sórdido y oscuro del comportamiento humano.

Hasta los trece años, Maupassant vivió con su madre, con quien tenía un estrecho vínculo debido al amor de ésta a los clásicos literarios y la pasión que inculcó a sus hijos por la lectura. Después marchó a estudiar al seminario de Yvetot, de donde fue expulsado, y que sería el origen de su particular aversión a lo religioso. Finalmente consiguió formarse con éxito en el Liceo Rouen. 

Poco después de graduarse empezó la guerra franco-prusiana, guerra que serviría de contexto para muchos de sus cuentos y en la que Maupassant participó como soldado. Tras la guerra, ejerció de funcionario durante diez años, época que describe como aburrida y tediosa. Con el tiempo, y gracias a la influencia de Flaubert y otros escritores, llegó a ser editor de varios periódicos. 

Al final de su vida fue cayendo en una paranoia grave que había desarrollado debido a la sífilis que padeció de joven. Tras intentar suicidarse, fue enviado al centro psiquiátrico del doctor Esprit Blanche, en París, donde falleció.

De entre su obra cabría destacar títulos como los ya nombrados El Horla o Bola de Sebo, además de La máscara, La Vendetta, La casa Tellier o La mano desollada. En las últimas décadas, la figura de Maupassant ha sido recuperada en forma de numerosas antologías, tanto de terror como de su faceta erótica. (Lecturalia)

«En el mar»

Guy de Maupassant





A Henry Céard


Las siguientes líneas se leían recientemente en los diarios:

“Bolonia-Sur-Mer, 22 de Enero. Un terrible accidente vino a sembrar la consternación entre nuestro gremio marítimo, que ha sufrido tanto en los últimos dos años. El pesquero comandado por el capitán Javel, entrando al puerto, ha sido arrastrado al oeste y vino a estrellarse sobre las rocas del rompeolas del muelle.

“A pesar de los esfuerzos del bote de salvamento y las espías lanzadas por el fusil lanza cuerdas, cuatro hombres y el grumete han perecido.

“El mal tiempo continúa. Se prevén nuevos desastres.”

¿Quién es este capitán Javel? ¿Es el hermano del manco?

Si el pobre hombre arrojado por la ola y muerto, quizás bajo los restos de su barco hecho pedazos, es el que yo pienso, tomó parte hace justo dieciocho años en otra tragedia terrible y simple, como son todas estas tragedias tremendas del mar.

Javel el mayor era entonces patrón de un pesquero de arrastre.

El pesquero de arrastre es el barco de pesca por excelencia. Sólido, no teme ningún mal tiempo. De casco redondo, remonta incesante sobre las olas como un corcho, siempre fuera del agua, siempre azotado por los vientos duros y salados del Canal de la Mancha. Brega la mar, infatigable, la vela colmada, arrastra por su costado una gran red de arrastre que raspa el fondo del océano despegando y pescando todos los animales dormidos en las rocas, los peces planos pegados en la arena, los corpulentos cangrejos con sus pinzas ganchudas y las langostas con sus antenas puntiagudas.

Cuando la brisa está suave y la ola pequeña, el barco se pone a pescar. Su red está fija en todo su largo a una gran percha de madera guarnecida con hierro, que dejándola descender al movimiento de dos cabos, se desliza sobre dos poleas en los dos extremos de la embarcación. Y el barco, derivando por el viento y la corriente, tira de este aparejo que saquea y devasta las profundidades del mar.

Javel tenía a bordo a su hermano más joven, cuatro hombres y un grumete. Había zarpado de Boulogne en un bonito día despejado para calar la red.

Muy pronto el viento aumentó, y una borrasca obligó al pesquero a correr el temporal. Alcanzó las costas de Inglaterra, pero la mar tempestuosa rompía contra los acantilados y golpeaba contra la tierra, haciendo imposible la entrada a los puertos. El pequeño barco regresó a alta mar y a las costas de Francia. La tempestad continuaba haciendo infranqueables los muelles, llenando de espuma, de ruido y peligro todos los accesos a los refugios.

El pesquero volvió nuevamente remontando la cresta de las olas, sacudido, agitado, chorreando, golpeado por las masas de agua, pero gallardo a pesar de todo, acostumbrado a estos malos tiempos que a veces lo tenían cinco o seis días errando entre los dos países vecinos sin poder recalar ni en uno ni en otro. Por fin el huracán se calmó cuando se encontraban en alta mar, y aunque la marejada era fuerte el capitán dio órdenes de calar la red.

Así, el gran aparejo de pesca fue pasado sobre la borda, y dos hombres en la proa y dos en la popa comenzaron a lascar sobre los motones los cabos que lo sostenían. De repente tocó fondo, pero una ola grande escoró el barco, y Javel el menor, que se encontraba en la proa y dirigía la maniobra de cala, se tambaleó, y su brazo quedó atrapado entre el cabo que por un instante aflojó por la sacudida y la cajera donde se deslizaba. Hizo un esfuerzo desesperado para levantar el cabo con la otra mano, pero la red ya arrastraba y el cabo tensado no cedió nada.

El hombre crispado por el dolor llamó. Todos corrieron en su ayuda. Su hermano dejó el timón. Se lanzaron sobre el cabo, intentando librar el brazo que estaba triturando. Fue en vano.

-Debemos cortar -dijo un marinero, y tomó de su bolsillo un gran cuchillo que podía, en dos golpes, salvar el brazo del joven Javel.

Pero cortar era perder la red, y esta red valía dinero, demasiado dinero, mil quinientos francos; y pertenecía a Javel el mayor, que era muy cuidadoso de su propiedad.

Gritó, con el corazón atormentado:

-No, no corte, espere, yo voy a orzar. Y corrió al puente cerrando toda la caña del timón a una banda.

El barco no obedeció nada, paralizado por la red que lo inmovilizaba y empujado además por la fuerza de la marejada y el viento.

Javel el menor se había dejado caer de rodillas, los dientes apretados, los ojos angustiados. No dijo nada. Su hermano regresó, temiendo aún el cuchillo del marinero:

-Espere, espere, no corte, echaremos el ancla.

El ancla fue fondeada dando toda la cadena, luego se empezó a virar el cabrestante para aflojar las amarras de la red. Cedieron finalmente y liberaron el brazo inerte, bajo la manga de lana ensangrentada.

Javel el joven parecía idiotizado. Le quitaron la camisa y vieron una cosa horrorosa, una masa de carne donde la sangre brotaba a chorros que parecían impulsados por una bomba. Entonces el hombre miró su brazo y murmuró:

-Se jodió.

Luego, como la hemorragia hacía una poza sobre la cubierta del barco, uno de los marineros gritó:

-Se desangrará, debemos ligar la vena.

Entonces tomaron un cordel, un grueso cordel negro y embreado, y envolviendo el brazo sobre la herida, apretaron con toda fuerza. Los chorros de sangre disminuyeron poco a poco y finalmente cesaron totalmente.

Javel el joven se paró, su brazo colgaba a su lado. Lo tomó con su otra mano, lo levantó, lo giró, lo sacudió. Estaba todo destrozado, los huesos quebrados, los músculos solamente retenían este pedazo de su cuerpo. Lo miraba con ojos tristes, reflexivamente. Se sentó en una vela plegada y sus camaradas le aconsejaron que mojara constantemente la herida para impedir el mal negro.

Pusieron un balde con agua a su lado, y de tiempo en tiempo sumergía un vaso en él y bañaba la horrible herida, dejando caer sobre ella un chorrito de agua clara.

-Estarías mejor abajo -le dijo su hermano. Bajó, pero al cabo de una hora volvió, no se sentía bien solo. Y, además prefería el aire fresco. Se sentó sobre su vela y recomenzó a bañar su brazo.

La pesca era buena. Los grandes peces con sus panzas blancas yacían a su lado, sacudidos por los espasmos de la muerte; los miraba sin cesar de mojar sus carnes trituradas.

Cuando estaban por volver a Boulogne un nuevo ventarrón se desató, y el pequeño barco reasumió su rumbo alocado, brincando y dando volteretas, sacudiendo al triste hombre herido.

Vino la noche. El tiempo estuvo malo hasta la aurora. Cuando el sol salió, se veía nuevamente la costa de Inglaterra, pero como la mar estaba mas calma, volvieron hacia la costa francesa ciñendo.

Hacia la tarde Javel el menor llamó a sus camaradas y les mostró unas manchas negras, toda una asquerosa apariencia de pudrimiento sobre la porción del brazo que ya no se sostenía a él.

Los marineros lo examinaban mientras daban su opinión.

-Eso podría ser la negra -pensó uno.

-Debe ponerlo en agua salada -declaró otro.

Trajeron entonces un poco de agua salada y la vertieron en la herida. El herido se puso lívido, rechinó los dientes y se retorció un poco, pero no gritó.

Luego, cuando el escozor se hubo calmado:

-Dame tu cuchillo -le dijo a su hermano.

El hermano le ofreció su cuchillo.

-Sostenme el brazo en el aire, derecho, tíralo hacia arriba.

Se hizo lo que pidió.

Entonces se puso a cortarse a sí mismo. Cortaba suavemente, cuidadosamente, rebanando los últimos tendones con la hoja afilada como una navaja de afeitar. Y pronto no tuvo más que un muñón. Dio un profundo suspiro y dijo:

-Era necesario. Estaba hecho mierda.

Parecía aliviado y respiraba con fuerza. Comenzó de nuevo a verter el agua en el muñón de brazo que le quedaba.

La noche estaba mala aún y no podían recalar.

Cuando amaneció, Javel el menor tomó su brazo cortado y lo examinó durante largo rato. La gangrena estaba declarada. Sus camaradas vinieron también a examinarlo y lo pasaron de mano en mano, lo tantearon, lo dieron vueltas, lo olfatearon.

Su hermano le dijo:

-Debes tirar eso al mar inmediatamente.

Pero Javel el menor se enojó.

-¡Oh, no! ¡Oh, no! No quiero. Es mío, ¿no es verdad? Es mi brazo.

Lo tomó y lo puso entre sus piernas.

-Se pudrirá -dijo al hermano mayor.

Entonces una idea sobrevino al herido. Para conservar los pescados cuando se estaba largo tiempo en la mar, se les amontonaba en barriles con sal.

Preguntó:

-¿No se pudrirá si lo pongo en salmuera?

-Es verdad -exclamaron los otros.

Entonces vaciaron uno de los barriles que estaba lleno de la pesca de los últimos días. Y al fondo del barril pusieron el brazo. Lo cubrieron con sal, y luego volvieron a reponer uno por uno los pescados.

Uno de los marineros dijo como broma:

-Espero que no lo vendamos en la subasta.

Todo el mundo se rió, excepto los dos Javel.

El viento soplaba aún. Bordearon a la vista de Boulogne hasta la mañana siguiente a las diez. El herido continuó sin cesar vertiendo agua sobre su herida. De vez en cuando se levantaba y caminaba de un extremo al otro del barco.

Su hermano, que estaba en la caña, lo seguía con la mirada y movía la cabeza.

Por fin entraron a puerto.

El doctor examinó la herida y la encontró en buenas condiciones. Hizo una completa curación y ordenó reposo. Pero Javel no quería acostarse sin haber recuperado su brazo, y volvió rápidamente al puerto para buscar el barril que había marcado con una cruz.

Se vació ante su presencia y recuperó su brazo, bien conservado en la salmuera, arrugado y frío. Lo envolvió en una toalla que había traído para este propósito y lo llevó a su casa.

Su esposa y niños examinaron largamente este resto del padre, tantearon los dedos, quitaron los granos de sal que estaban bajo las uñas. Después se hizo venir al carpintero para un pequeño ataúd.

Al día siguiente toda la tripulación del pesquero siguió el funeral del brazo cortado. Los dos hermanos, lado a lado, encabezaban el cortejo; el sacristán de la parroquia llevaba el cadáver bajo la axila.

Javel el menor dejó de navegar. Obtuvo un modesto empleo en el puerto, y cuando hablaba más tarde de su accidente, confidenciaba muy bajo a su interlocutor:

-Si mi hermano hubiera querido cortar la red, yo tendría aún mi brazo, sin duda. Pero él solo consideró su propiedad.

10 feb 2018

«EL EVANGELIO SEGÚN MARCOS» DE BORGES




Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires, Argentina, el 24 de agosto de 1899. Considerado una de las grandes figuras de la Literatura en lengua española del siglo XX. Cultivador de variados géneros, que a menudo fusionó deliberadamente, Jorge Luis Borges ocupa un puesto excepcional en la historia de la Literatura por sus relatos breves, aunque su Poesía también es merecedora de elocuentes elogios.
Su padre tenía aspiraciones literarias y escribió una novela, así como algunas novelas, su madre fue una mujer muy culta que tradujo varias obras literarias del inglés al español. Borges creció siendo bilingüe. Más adelante, ya mudado a Ginebra (Suiza), con la sola ayuda de un diccionario aprendió por sí mismo el alemán y escribió sus primeros versos en francés.

Estando en España fue influenciado por el movimiento ultraísta, que luego encabezaría en Argentina y que influiría poderosamente en su primera obra lírica.

En 1923 aparece Fervor de Buenos Aires, su primera obra en Poesía.

Autor prolífico, cultivó el ensayo, la poesía y la narrativa. También fue traductor de obras universales como Orlando y Una Habitación propia, ambas de la gran Virginia Woolf.

A lo largo de su trayectoria fue merecedor de numerosos premios y reconocimientos, es así que en 1980 recibe el prestigioso Premio Cervantes. Asimismo, la Academia Sueca quedó en eterna deuda por no otorgarle el Premio Nobel de Literatura.

Fallece el 14 de junio de 1986 a los 86 años víctima de un cáncer hepático y un enfisema pulmonar en Ginebra.


«El Evangelio según Marcos»


Cuento perteneciente al libro "El informe de Brodie" (1970)
de Jorge Luis Borges

El hecho sucedió en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en Los Álamos, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.

El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.

Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.

A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.

Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a la estancia eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.

En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.

Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado -la palabra, etimológicamente, era justa- por la creciente.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.

Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.

Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.

Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre un tacita para él, que colmaban de azúcar.

El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.

El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:

-Sí. Para salvar a todos del infierno.

Gutre le dijo entonces:

-¿Qué es el infierno?

-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

-¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?

-Sí -replicó Espinosa, cuya teología era incierta.

Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija. Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos. Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

-Las aguas están bajas. Ya falta poco.

-Ya falta poco -repitió Gutrel, como un eco.

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.



26 ago 2017

«La Inmortal» de Patrick Pareja Flores




Tiene 95 años. Es aún una mujer fuerte, erguida, cizañera, malhablada, bajísima, amargada y maldiciente. Aunque estamos revelando su edad, no la sabemos con precisión. Calculamos, sumamos la edad de nuestros padres y la de nuestros tíos, la de los abuelos los parientes idos, los gobernantes antiguos y los recientes. Nada. El cálculo es inútil e irrastreable.

La conocen hasta en los resquicios recién formados de la insurgente ciudad. Y los finiquitados dejaron un legado de historias juveniles: acusaciones frugales de amor dadivoso, fácil y sustancioso. Carcamamles vivientes recuerdan su estilo amatorio, imborrable, extraordinario; pero no porque lo habían disfrutado personalmente sino porque las historias del distrito son públicas y cualquiera las hace propias. Por lo tanto, la certeza de un amante cierto es un imposible. Andamos de abuelo en abuelo, hasta el último rastro franco. Ninguno fue sincero, la mayoría desvaría. Cuentan la misma historia, el mismo cliché aumentado a su manera.

Tiene 8 hijos mayores, la mayoría son abuelos y algunos hasta bisabuelos. No nos atrevemos a indagar en ellos, el temor de ser machacados a escobazos nos retiene. Si las pelotas las parten en dos por qué no habrían de partirnos a nosotros. Buscamos a alguien que hubiese conocido al esposo, al héroe cautivo capaz de soportar tan salvaje comportamiento. ¡Sorpresa! Los hijos son de ocho hombres diferentes y nuestros informantes dieron nombres distintos. Y otra cosa, aún más significativa, nos da la certeza de su inmortalidad, hay una gama de adultos asegurando que en su infancia ella ya era anciana, entre ellos nuestros padres; por eso dudamos de esta aseveración. Nuestros padres nos tienen enderezados y son católicos execreativos. La yapa y otra cosa simple e intimidante, emdia población asegura haber enterrado parientes y amigos mientras ella ya andaba erguida. Ahora entienden este sofisma indescifrable.


Hartos de elucubraciones, cascabeleos e ilustraciones caóticas, decidimos, porsugerencia de Singamapero, el erudito, hurgar en las bibliotecas, precisamente en libros antiguos. Obedecimos, no sabemos si por locura o por la excitación de la investigación. Fuimos primero a la biblioteca municipal, agentes del cambio nos mandaron a la otra más antigua. La sola palabra «antigua» nos indicó que íbamos por buen sendero. Apuramos la marcha. Ahí dentro nos instalamos en una mesa alejada y cómoda. Investigamos en libros ajenos a nuestra realidad, donde los colores dominaban; la fotografías y la ciudad mostraban calles pavimentadas. Cambiamos el trayecto, solicitamos los más añejos. Necesitábamos mofarnos con sustento y no colgarnos de informaciones recabadas de la descarnada mente de la gente. Empezamos por la colonización de una tribu calata. Luego, pasamos por los primeros pobladores afuerinos, esclavizadores, violadores y postreros; una plaza bordada de tierra y llena de militantes descalzos entre curiosos de ropa galante; la primera iglesia magnificada y católica; el primer párroco enriquecido, delgado en las primeras páginas, después gordito y enfrascado siempre en sotana y mechones risueños; una abominable casona de lata obtenida por un francés loco de mostacho extravagante, en una lid de esclavos, donde nadie puede morar hasta hoy sin aire acondicionado; un tranvía repintado donado por un país lejano porque era basura tercermundista. Mira Vivanco, es el adorno de la plaza. Todo en instantáneas de un libro ilustrado, amabarino, naftalinado y descompaginado, sobre vejaciones y atracos en la evangelización del caucho. Así vivimos siempre engañados por el Estado... Oe cuña 'o, quitémonos, no vamos a encontrar nada, deja esa huevada, olvida ya el asunto... Espera Orejón, fala una última parte. Me detuve en una imagen particularmente etiquetada: indígenas, indigentes, criollos y extranjeros de rostros malsinados posaban sobreactuados frente a un anfiteatro recién inaugurado. Hoy Trotamundos y Orates, en estreno, una obra de... Cuña 'o, ya pues, las hembritas nos esperan. Mi amigo había regresado del baño. Vio el claroscuro. Fue revelador. Juraba que la mujer jovencísima, bonísima y esplendorosa del centro, enlazando el antebrazo del francés loco de mostacho raro, era la Inmortal. Cómo puedes estar seguro, acaso la viste de chica, lo dices porque quieres largarte. No Cuña'o, ese día de la pelota, yo entré a rogarle que nos devuelva y en su sala, la vi, ¡es ella! Tú sabes que mis sentidos nunca fallan. Ya sabemos que tienes ojos de búho depravado, orejas de gato ratero, olfato de perro delator y boca de... Ya pues Cuña'o, déjate de vainas, ¿crees o no? Pastrulo, ya me estás atarantando. Por tu ñaña, es ella. Pobre de ti si es mentira, te estiraré más las orejas. En un descuido, como el libro estaba exfoliado, él sustrajo la página y alimentó mi mochila vacía.



Patrick Pareja Flores.- Poeta, escritor y docente, nació en Iquitos, Perú, el 15 de junio de 1985. Estudio en el Instituto Superior Pedagógico Público Loreto (ISPPL), donde se graduó en le segundo lugar del tercio superior de la promoción 2008. Actualmente labora como docente y pertenece al grupo cultural Arturo D. Hernández. Su poema Zeballos, púgil de infinitas melodías ha sido publicado en el poemario «Cien Poemas a Horacio Zeballos», concurso organizado por la Derrama Magisterial del Perú. Ha publicado Habitantes del amor y otros temores (2014) y Relatos extraviados (2015).



7 ago 2017

«Un genial accidente» de Orlando Mazeyra Guillén*





I

La conocí un 5 de agosto. El mes del viento. De los terrales. De los temblores. De los estremecimientos. Tenía el cabello largo, oscuro hasta la cintura, y lucía una casaquita guinda de cuero, una especie de caffarena con motivos blancos y rosados. Un pantalón blanco y unos zapatos también de cuero. Todavía no usaba maquillaje. Corría mucho viento en la puerta del Cyrano, un viento que desordenaba su peinado y parecía atentar contra su fragilidad.
—¿Fue el día más importante de tu vida, cachorro? 
—Creo que sí.
—Esperemos que no. Ya vendrán días mejores. Lo mejor siempre está por venir. 
—Ese floro de libro de autoayuda mejor guárdatelo, gil. 
—Está bien. Ahora dime, ¿qué piensas hacer? 
—Lo de siempre… 
—¿Escribir?

II

La moneda de un sol ingresa a la rocola de La Ramadita y te sientes listo para un nuevo viaje.

Mi vida, fuimos a volar
con un solo paracaídas:
uno solo va a quedar
volando a la deriva.
Vivir así no es vivir:
esperando y esperando...
porque vivir es jugar
y yo quiero seguir jugando...

Quisiera empezar una carta. Escribirla a puño y letra —castigar cada frase hasta encontrarla perfecta, humanamente incontestable— pensando que la leerá. Será la última, la definitiva. Un genial accidente. Un chorro de luz que atraviese la carne de su carne y llegue hasta su alma. ¿Será posible?

Desearía, también, no terminarla de escribir jamás. Rehacerla a diario, dejarla dormir a veces —conmigo, oculta bajo mi almohada— y arremeter de nuevo al día siguiente. La carta más larga del mundo. Y la más extraordinaria que jamás nadie haya leído.

Mucho tiene que pasar para llegar a sus manos (esa es otra historia, pues ella ha cancelado sus cuentas de correo electrónico y su facebook hace varios meses). No puedo echar mano de ninguna de sus amigas, pues todas me odian. Les caigo mal. Sé que hice todo lo posible para ganarme esa antipatía que, sin duda, es recíproca.

—¿Una carta de amor, cachorro? 
—No, gil, no puede ser una carta de amor. Ya agoté ese género. Y, como tantas cosas en mi vida, lo agoté mal.
—¿Entonces de qué iría la vaina? 
—De cualquier cosa, describirle un día, cualquier día de mi vida sin ella… 
—O sea… 
—Cada día que paso sin su compañía es un día seco, vacío, a falta de amor. 
—Pero tú no quieres hablar del amor. 
—Se puede hablar del amor sin necesidad de mencionarlo. Eso busco: sugerirlo. 
—¿Y es fácil esa cojudez? 
—Nunca lo he hecho. Creo que no estoy preparado… nunca estuve preparado para nada.

Le dije a mi corazón,
sin gloria pero sin pena:
«no cometas el crimen, varón,
si no vas a cumplir la condena»

III

¿Cómo empezar? Describir a un sujeto extraño, distante, por momentos ríspido, enfermo del espíritu. Un tipo que cultiva un pasatiempo que, por las tardes, lo lanza hacia la campiña. El personaje sólo piensa en vivir sin tropezar (tropezar también podría entenderse como «amar»). Sabe que no es fácil, pues su experiencia de vida es una suma de porrazos. Está solo. Sin embargo, no recuerda si siempre lo estuvo. Ese, me parece, podría ser el nudo de la cuestión.

—La soledad… 
—Sí, una soledad prístina, remota, antiquísima, cimentada en base a una amnesia, a veces, gozosa; y, otras tantas, incómoda.
—La amnesia nunca es buena, lo sabes. No puedes hacer que ella se olvide de todo lo que le has hecho. Eso es imposible, huevón. 

—Tienes razón, gil. Pero quizá esta amnesia es intencionada. Él se siente viejo. Inútil. En el valor de esa inutilidad radica su distancia con el mundo de afuera: el pavimento, los autos, ruido de una ciudad que se agita y le da las espaldas. Permanece echado en una cama. Lee tres libros a la vez y siente que, al final, termina no leyendo ninguno. A veces una imagen, un recuerdo o un pálpito se insinúan como el comienzo de algo que siempre desconoce y a lo que sólo puede acceder si empieza. Uno. Dos. Tres. ¡Escribe! Luego de intentarlo se dirige a la campiña… que nada tiene que ver con la ciudad y sus gentes…

—¿Qué le quieres contar? 
—Quizá algo acerca de un asesinato.
—¿A quién quieres matar, cachorro? 
—Digo mejor suicidio, gil. Contarle que me podría matar por ella. 
—Muy manido. ¡Previsible! Y, la verdad, no creo que te atrevas. 
—No me conoces... 
—Te conozco tanto que sé que ya sabes dónde será la vaina…
Quiero callar, guardar el secreto (que, al fin y al cabo, no es tan secreto). No puedo: «Creo que se casará pronto, probablemente a fin de mes». 
—¿Quién te lo dijo? 
—Eso es lo de menos. 
—¿Ya sabes su nombre? 
—No. 
—Seguro es un minero, gilberto. ¡Un buen partido! La vida asegurada. 
—Ella nunca se ha fijado en eso, así que no le faltes el respeto. 
—Ya, ya. De todas formas estás en la otra vereda: tú siempre a la deriva…

Quiero vivir dos veces
para poder olvidarte,
quiero llevarte conmigo,
y no voy a ninguna parte...

IV

Se queda callado mientras yo me convenzo de que si llega a leer mi carta no lo hará, desistirá de casarse. Sé cómo convencerla o, en este caso, disuadirla. Santiago me escruta mientras enciende un cigarrillo y llena su vaso con cerveza hasta que la espuma gana el límite vertical. Construye volutas de humo y yo me repito que ella no se casará.

—Consíguete un caballo blanco, una pistola de cowboy… si quieres también una máscara y te la robas antes del casamiento —me sugiere con toda la sorna posible, mientras alarga la mano y toma un trago. 

Yo ignoro sus palabras y lo acompaño con agua mineral. Sólo tengo en mente a mi personaje: el de la carta. Sé que el personaje de aquella carta soy yo —pero no tendría que ser yo, sino una proyección de mí— y la misiva tendrá que estar dirigida al viento. 

Sí, al viento. El día que la conocí me contó que de niña siempre le gustaba volar cometa en los cerros de Toquepala. Le encantaban los cerros. Llegaba hasta las cimas y retaba a los hombres. «Siempre he sido más valiente que los hombres», me dejó en claro.

—No te imagino subiendo cerros.
—Ardillita toquepaleña, así me decía mi hermano —me confesó.

Esa noche, mientras la acompañaba a su casa, sentí que debía pedirle un beso. «Es ahora o nunca», me dije mientras caminábamos por la avenida Venezuela fumando un cigarro que ambos compartíamos. 
La detuve frente al parque y el viento seguía desordenando sus cabellos:  

—Espérame —me dijo entregándome su mochila y luego sacó una liga de su bolsillo y se hizo una cola de caballo—. ¿Me queda bien?
Asentí con la cabeza, tratando de atajar ese deseo vehemente. 
—¿Te puedo besar? —pregunté convencido de que era preferible la muerte a oír una negativa de su parte. Nunca más he vuelto a sentir esa sensación. 
Atracción y deseo que me desesperan. Un beso. Si no lo consigo, me esfumo. Muero. 

Ella accede con un gesto leve. Apenas me cercioro de que asiente, la beso. Tiembla. Temblamos. Nuestras lenguas se encuentran y también tiemblan. ¿Qué nos pasa? Tenemos miedo, miedo de reconocerlo: nos hemos enamorado. Me alejo de su rostro y ella suspira. Me juro retener, con precisión de cirujano, ese instante. Porque eso es lo único que importa. Pasarán los años y recuperaré ese suspiro para saber que sí, en efecto, he vivido. Ella me ha enseñado a descubrir algo profundo que, en ese momento, me resulta intrincado. 

—Dame tu mano —le ruego y se la tomo con cuidado. Nos enlazamos y seguimos temblando—. Todo va a estar bien.

Ahora comprendo que ese «todo va a estar bien» no estaba dirigido a ella, sino a mí. El resto del camino hacia su casa nos sumerge en lo intemporal, lo que está más allá de esas líneas finitas que son nuestras vidas: dos líneas que se acaban de cruzar. Por eso no quiero que termine y le sugiero que demos una vuelta al estadio Monumental Arequipa.

Dimos varias vueltas al estadio sin besarnos. Ese primer beso había sido tan intenso que no queríamos dejarlo atrás tan rápido. Todavía lo estábamos digiriendo. 

—Tú también tiemblas —me dijo. 
—No es el viento —le respondí—. Eres tú. 
—No quiero llegar a mi casa. 
—Yo tampoco. 
—Tampoco quiero que se acabe esta noche. 

Agotamos toda una cajetilla de cigarros y, al fin, la dejé en la puerta de su casa. La abracé, besé sus mejillas y le dije que la quería. Que ella era magnífica. 

—Eres como el viento de agosto —me dice, sonriendo. 
—¿Por qué? 
—Me estremeces… me gustas. Tú eres el viento y yo la cometa. 

Al día siguiente, sin dinero en los bolsillos, sólo atiné a fabricar una cometa artesanal con carrizos y una colorida cola hecha con jirones de algo que alguna vez fue una camisa escolar. La hicimos sobrevolar el campo del estadio, fue emocionante: «No te quiero perder», me dijo trémula, anticipando la tormenta en que se verían envueltas nuestras vidas. «Yo tampoco», le respondí.

No te preocupes, Micaela,
hoy no estoy adentro mío,
tu amor es mi enfermedad:
soy un envase vacío…

V

Ahora sé que el personaje de la carta saldrá a volar cometa por última vez y, cuando la arroje al aire y ésta se vaya elevando, él se acordará de una muchacha que lo había comparado con el viento. Cuando la cometa esté alcanzando su máxima altura él decidirá sacar una hoja de afeitar de su bolsillo. Recordará. Recordará. Recordará… Y en el preciso instante en que la primera lágrima baje de su rostro entonces terminará su tarea (la tarea para la que, sin saberlo, se había preparado toda una vida).

—¿Y qué ocurre al final?
—Ponle tú el final, Santiago. Dame una mano. 
—El sujeto está haciendo volar la cometa… recuerda cosas que sólo él sabe, pero esa lágrima lo hace cortarla: sí, corta el pabilo de la cometa con el cuchillo. 
—Con la hoja de afeitar —lo corrijo. 
—Exacto. Así termina la historia, gil. El viejo eres tú y la cometa es ella, ¿no? Córtala nomás y no hagas tanto escándalo de algo de lo que en un par de años te reirás. 
—No puedo, no puedo —se repite, con voz entrecortada y afligida, el viejo sollozando y, en vez de cortar el pabilo de la cometa, empieza a escribir con ayuda de la gillete algo en su brazo derecho.
Sangra en medio del ocaso. 
—¿Micaela? —me pregunta Santiago intrigado—. ¿El viejo se tatuó el nombre de Micaela?
—No. El nombre de Micaela está escrito en la cometa: ella es la cometa. 
Es algo tácito. Debo hacer lo humanamente posible para que se sobreentienda, porque los personajes no tendrán nombre. 
—¿Entonces qué se pone en el brazo? 
—Eso que la hará volver. 
—Pero ¿qué cosa la haría volver? 
—Pregúntaselo a Micaela… o a su novio. Esa carta también es para él. Para todos. Se trata de una carta que pueda convencer a todos, ¿comprendes? 
—No —retruca—. ¿A ti quién te entiende, cachorro? 
—Dios.
—¿Dios?
—Él es el único que puede ver mi corazón y sabe que, sí, estoy arrepentido.

VI

Si me olvido de vivir,
colgado de sentimiento,
voy a vivir para repetir otra vez
este momento...
Te bajaría del cielo, mujer,
la luna hasta tu cama,
porque es muy poco de amor
sólo una vez por semana...
Puse precio a mi libertad
y nadie quiso pagarlo,
te cambio tu corazón por el mío
para mirarlo y mirarlo...

No habrá carta. Nunca aprendí a escribir. Sólo quiero abrirle a todos —a Micaela— mi corazón a riesgo de mostrarles un envase vacío. O algo peor. Mucho peor.



Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980).- Ha publicado cinco libros de narrativa breve y es colaborador de la revista Hildebrandt en sus trece. Este relato apareció en Instrucciones para saltar al abismo (Doce Ángulos Editores, Arequipa, 2016).


Foto: Facebook


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